jueves, 16 de noviembre de 2017

Aprender a aprender: un desafío para la educación del siglo XXI

Por Edgardo Zablotsky (*)

El desarrollo tecnológico y el uso de la web proveen un espacio increíble para que toda persona pueda ejercer la libertad de aprender lo que desea, independientemente de su localización geográfica y, aún en muchos casos, de sus posibilidades económicas. Probablemente en pocas áreas la tecnología ha contribuido tanto, y lo hará mucho más todavía, para gozar de los beneficios de la libertad como lo es en el terreno educativo.
Hoy el problema no es memorizar una gran cantidad de información que autoritariamente un docente nos enuncia. Así se estudiaba hace no tanto tiempo. Lo relevante es aprender a buscar la información, a sistematizarla, sintetizarla y utilizarla con criterio. La información que encontramos en la web no es escasa sino, por el contrario, demasiada y, por supuesto, muchas veces desordenada. Es necesario discernir qué nos es de utilidad para el tema puntual que estamos estudiando o el trabajo que nos encontramos realizando. Por ello, el papel del maestro sigue siendo fundamental, pero es muy distinto al que supo tener años atrás.
Y he aquí un serio problema que, de pensarlo un segundo, resulta obvio. Los chicos que cursan actualmente la primaria reciben una educación esencialmente igual a la que recibieron sus padres y sus abuelos. La escuela no cambia, pero los alumnos sí. Cualquiera que es profesor lo sabe. Esto da por resultado un cóctel explosivo.
La educación, tal como la conocemos hoy, nació en el contexto de la revolución industrial. ¿Cuál era su objetivo? Preparar a los jóvenes para convertirse en buenos empleados para las fábricas, formarlos con un pensamiento homogéneo que funcionara bien en el rutinario entorno laboral de la época. Es claro que en ese entorno el concepto de libertad educativa no tenía ningún significado.
El propósito actual de la educación sigue siendo preparar a los jóvenes para desarrollarse en la sociedad que encontrarán en su vida adulta. Pero estamos en un mundo que cambia a un ritmo sin precedentes. Por eso, la educación hoy debe ser muy distinta.
¿Cómo hacerlo? Aprender a aprender es la respuesta. Ya no importa aprender conocimientos específicos, sino tener la capacidad de aprender en forma continua. Probablemente la mayor parte de lo que un joven necesite aprender, a lo largo de su vida adulta, hoy ni siquiera exista. Cada joven, cada individuo, es distinto y no puede caminar sobre esta cinta sin fin de adquisición de nuevos conocimientos si no goza de la libertad de elegir qué es lo que necesita aprender en cada momento y dónde puede encontrarlo. La revolución tecnológica permite justamente eso.
Enseñar a aprender por sí mismo, ese es el papel del docente en este nuevo mundo en que vivimos. El maestro es un guía que debe motivar al alumno a desear ejercer su libertad de aprender por sí mismo; no existe otra forma de hacerlo.
Aprender a aprender, esa es la idea. La tecnología lo facilita de una manera increíble si somos capaces de utilizarla. Ese es actualmente un gran problema que enfrenta la educación. Repetidas veces los alumnos conocen tanto más de este nuevo mundo que sus maestros, muchos de los cuales pertenecen a una generación en la cual la televisión se veía en blanco y negro.
¿Qué sentido tiene hoy día sentarse a tomar una materia con un profesor que sabe mucho menos que un investigador del MIT, de la Universidad de Harvard o de Chicago, cuyo curso lo podemos tomar en línea? Llegará ese momento en que cada estudiante haga uso de su libertad para armar la currícula que desee, eligiendo cursos que se ofrezcan en distintas universidades, en distintos lugares del mundo. Obviamente, eso será posible cuando en las búsquedas laborales no se requiera un título sino una certificación de conocimientos.
Parece un futuro lejano, yo creo que no lo es. La velocidad del cambio tecnológico es tal que perdemos noción de ella y se acelera exponencialmente. Tarde o temprano el avance tecnológico será tal que pensar que un estudiante deba estar sentado varias horas al día en un aula, tomando durante cinco o seis años un conjunto de materias decididas por burócratas en algún momento lejano del tiempo, será tan sólo un recuerdo.
Es claro que para que ello sea una realidad, el paradigma educativo deberá cambiar: ya no enseñar a nuestros alumnos conocimientos sino la capacidad de aprender a aprender por ellos mismos, de aprender a utilizar todos los recursos que la tecnología ofrece para educarse a lo largo de toda su vida en un marco de mucha mayor libertad. Ese es del desafío de la educación para el siglo XXI.

(*) Edgardo Zablotsky. Miembro de la Academia Nacional de Educación y vicerrector de la Universidad del CEMA. Artículo publicado por INFOBAE el 16 de Noviembre de 2017

miércoles, 15 de noviembre de 2017

¿Cómo te afecta el Gasto Público?

Por CEDICE Libertad (*)
(*) CEDICE Libertad Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad de Venezuela. "¿Sabías que en 1947 Venezuela llegó a ser el país más rico de América Latina? ¿¡Qué nos pasó!? En este video realizado por CEDICE Libertad en co-producción con Libertad y Progreso, se dan respuestas y nos explica de una manera sencilla, cómo y cuánto gasta el gobierno de nuestro dinero". Video subido a Youtube con licencia estándar.

El síndrome del tercermundismo

Por Carlos A. Montaner (*)

Chile está a punto de entrar en el Primer Mundo. Será la primera nación de América Latina que logre derrotar el subdesarrollo
El 19 de noviembre los chilenos acudirán a las urnas. Si ningún candidato obtiene más del 50% de los sufragios, los dos más favorecidos (de un total de ocho) volverán a aspirar el 17 de diciembre. Según todas las encuestas, Sebastián Piñera, cabeza de la centroderecha, será nuevamente el jefe del Estado chileno en la primera o en la segunda vuelta. Ya lo fue, exitosamente, entre el 2010 y el 2014. Lo sustituyó, sin gloria, Michelle Bachelet, que sale de la presidencia con el aproximado rechazo del70% de los chilenos y el aprecio del 30 restante.
Hasta ese punto no hay nada sorprendente, salvo la historia de la evolución económica y social de Chile y el miedo al éxito de una parte sustancial de la población de ese país. Es lo que llamo “el síndrome del tercermundismo”. Son ese conjunto de síntomas, basados en supersticiones ideológicas, que impiden que ese país (como sucede con toda América Latina) finalmente se transforme en una nación del Primer Mundo.
Hasta 1970 Chile fue una nación en la que convivían la democracia con la injerencia constante del Estado. Era un país libre, pero gris, sometido a una serie de controles que ahogaban la creatividad de sus emprendedores. Ese año fue electo Salvador Allende con un tercio de la votación, pero quiso emprender una revolución social inspirada en el ejemplo cubano, curso que contradecía sus promesas de campaña y el documento que tuvo que firmar con el Parlamento para acceder a la presidencia.
El experimento se saldó en 1973 con una grave crisis económica, inflación, desabastecimiento, atropellos judiciales y, finalmente, el golpe militar de Augusto Pinochet.
Los 17 años de Pinochet fueron duros. Hubo unos tres mil asesinatos y miles de chilenos marcharon al exilio para escapar de las cárceles y la tortura. La Democracia Cristiana, que en un principio apoyó el golpe, muy pronto se opuso a los militares. Sin embargo, como Pinochet tenía una idea muy borrosa da la economía, contra el consejo de algunos militares estatistas (como casi todos), les entregó esas actividades misteriosas a unos jóvenes académicos que se habían formado en Chicago bajo el magisterio de Milton Friedman, o en Harvard, donde tampoco eran ajenos a la influencia intelectual de los defensores del mercado y de la versión moderna del laissezfaire. En ese punto comenzó la leyenda de los Chicago boys.
La reforma de la economía tuvo éxito. Al principio, naturalmente, hubo tropiezos, pero en 1990, cuando los chilenos retoman la democracia como método de gobierno, el país estaba encaminado en la dirección correcta. Chile crecía espectacularmente, y la oposición, ya instalada en la Casa de la Moneda, tuvo el buen juicio de no cambiar lo que funcionaba estupendamente: el modelo económico. No regresó al Chile preallendista, sino inauguró la etapa pospinochetista sobre las bases sólidas que les habían dejado los Chicago boys, hasta que la señora Bachelet, en su segundo periodo, comenzó a involucionar hacia el pasado.
La gran contradicción es que mucho de los que rechazan a Piñera lo hacen por las malas razones. Siguen creyendo en la Teoría de la Dependencia –esa idiota manía de culpar a las naciones desarrolladas de la pobreza del Tercer Mundo-, sin preguntarse quiénes han tratado de impedir a los cuatro dragones asiáticos dar el salto a la prosperidad. O sin estudiar cómo Israel comenzó exportando naranjas y hoy exporta aviones, medicinas y software. Incluso el caso de Irlanda, ahora un país bastante más rico que el Reino Unido del cual se separó.
Chile está a punto de entrar en el Primer Mundo. Excede los 24,000 dólares per cápita de PIB medido en paridad de poder adquisitivo, sólo tiene un 6.5% de desempleo, y existe una gran movilidad social en un país que hoy está sustancialmente habitado por clases medias. Si mantiene el gasto público bajo, se aparta del capitalismo de amiguetes (crony capitalism), erradica la poca corrupción que existe, sostiene un sistema competitivo que aumente la productividad, y es capaz de alentar a los emprendedores e innovadores, será la primera nación de América Latina que logre derrotar el subdesarrollo, algo que pudiera anunciarse en los próximos cuatro años.
Para el resto de América Latina es muy importante que exista esta excepción. Será la señal de que no hay nada en nuestro ADN que impida que los latinoamericanos prosperen, abandonen los vagones pobres y mediocres de la civilización y se incorporen a la locomotora del planeta. Pero para ello es menester que Chile triunfe claramente.
Cuando eso suceda, nadie tendrá el derecho de convocar a revoluciones absurdas y sangrientas, como sucede en la Venezuela del chavismo o en la Cuba irreductiblemente estalinista de Raúl Castro. El camino es otro: el del mercado, la competencia y la libertad. El que Chile emprendió hace varias décadas.
(*) Carlos A. Montaner nació en La Habana, Cuba, en 1943. Reside en Madrid desde 1970. Ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor y periodista. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal. Artículo publicado por Cubanet el 12 de Noviembre de 2017
Fuente: https://www.cubanet.org/opiniones/el-sindrome-del-tercermundismo/

"Fayando y fayando"(*)

Por Enrique Guillermo Avogadro (**) 

"Nos envejece más la cobardía que el tiempo. El tiempo sólo arruga la piel. El miedo arruga el alma" Facundo Cabral 
Hoy la Justicia ocupa el lugar central de la vidriera donde se exhibe lo peor de la Argentina, tanto por el enorme desprestigio que la rodea, cuanto por la discusión acerca de las reformas necesarias. Las responsabilidades alcanzan a los tres poderes del Estado, y su buen desempeño, con independencia, seriedad y celeridad, resulta esencial para nuestra propia convivencia como sociedad y para la inserción de nuestro país en el mundo, con la consecuente llegada de indispensables inversiones: para que la incidencia de la deuda pública en el PBI descienda, éste debe crecer y, por otra parte, el millón de empleados públicos que sobran sólo podrán ser despedidos cuando la actividad privada pueda absorberlos.
El inventario de los males que la aquejan incluye la modificación kirchnerista del Consejo de la Magistratura, la nefasta aceptación de la renuncia de los magistrados cuestionados, el inicuo comportamiento de los jueces federales, el enriquecimiento inexplicado de algunos, la falta de preparación de otros, la colonización del fuero penal por la escuela garantista (herencia de Zaffaroni), la industria de los juicios laborales, la enorme duración de los procesos, el colapso edilicio y la falta de equipamiento informático, el nepo/amiguismo en el ingreso del personal a la carrera judicial y varios etcéteras.
Una vez más, y por razones cada vez más repugnantes, ha vuelto a ser cuestionada. Regresó a la picota por obra del Juez Ariel Lijo y su orden de detención del ex Vicepresidente, Amado Boudou. En la nota anterior, "Punteros, malandras y porongas", ya expresé mi opinión sobre el tema, pero la difusión de las imágenes y filmaciones captadas durante el procedimiento ha suscitado una discusión que amerita otro análisis, ya que una parte de la ciudadanía y del periodismo se rasgó las vestiduras frente a la presunta e humillación a la que habría sido sometido el reo -se trata de un delincuente común, cómplice y testaferro del régimen saqueador que acaba de pasar a la historia- cuando se lo vio en piyama, descalzo y despeinado, mientras se le leía la orden de prisión.
Comenzó una polémica, amplificada en las redes sociales, acerca de la eventual violación de los derechos humanos del imputado, y otra vez se reveló nuestro costado más hipócrita. Nada se dijo de los perjuicios directos que este incansable ladrón causó a los más humildes y desprotegidos de nuestros conciudadanos, muchos de los cuales siguen descalzos -hace poco tiempo se viralizó la fotografía de un chico en un colegio rural, sin zapatos, mientras portaba la bandera- sino que se olvidaron las situaciones, mil veces más graves, que afectan a los militares y civiles presos, muchos sin condena firme, desde hace tantos años.
Los recientes presos por corrupción, mucho más jóvenes, son trasladados al Hospital Penitenciario de Ezeiza, donde pueden comprobar en carne propia la precariedad de las instalaciones y de los servicios que allí se brindan; pero los antiguos huéspedes son ancianos cuya edad promedio supera los 76 años y presentan patologías de toda índole, incluyendo numerosos de casos de cáncer terminal, están casi ciegos o paralizados.
Entre los muchos casos que fueron llevados en penosas condiciones a los tribunales que los juzgan en los procesos mal llamados de "lesa humanidad", hombres de edad muy avanzada, algunos de los cuales se encuentran afectados por males de Alzheimer y Parkinson, los más emblemáticos fueron los del General Antonio Bussi y del Comisario Luis Patti. Además de recordar que fueron elegidos por sus vecinos varias veces como Gobernador de Tucumán e Intendente de Escobar, respectivamente, fueron obligados a comparecer estando cuadripléjicos; sus penosas fotografías en camilla recorrieron el mundo y, sin embargo, no hubo queja alguna de parte de los organismos de pseudo derechos humanos, ni se levantó una sola voz desde la política que se refiriera a ellos. Ahora, muerto el primero y cuando los jueces decretaron la prisión domiciliaria del segundo, se organizan escraches para repudiarlo; ¿se necesita alguna muestra más de la tuerta mirada de esas organizaciones? Pero no fueron los únicos episodios aberrantes de este largo período de venganza caníbal que se desatara a partir de la llegada del kirchnerismo al poder y que el gobierno de Cambiemos no ha hecho nada por interrumpir.
El mes pasado, desde el penal de Ezeiza fueron llevados a un tribunal de Bahía Blanca un grupo de detenidos; el traslado se efectuó en un camión celular, destartalado y sucio, a pesar de la avanzada edad -superaban los 82 años- y de las enfermedades de los imputados. Por la noche y durante doce horas, con las luces interiores encendidas permanentemente y las ventanillas cegadas, se los trató como ganado; entre otros comportamientos humillantes, el vehículo no se detuvo ni para que pudieran ir al baño -el existente en el interior estaba clausurado- y debieron utilizar en su reemplazo botellas provistas por los agentes penitenciarios. Tampoco hubo entonces queja alguna, ni reacción de la Secretaría de Derechos Humanos. El contraste con el trato brindado a los presos por corrupción, que incluyen traslados en avión y vehículos de alta gama, no puede resultar más repulsivo.
El otro aspecto de la cuestión Boudou se centró en la orden de prisión preventiva del ex funcionario. La ley establece que esa medida de privación de la libertad se debe decretar cuando existe peligro de fuga o se puede poner el riesgo la investigación; dada la edad de los militares y su falta de medios económicos, pensar que puedan escaparse sería una estupidez, y nadie podría alterar las pruebas en hechos ocurridos hace cuarenta años.
No puede exceder de los dos años, prorrogable por un año más si hubiera fundamentos. En el caso de los presos políticos, amén de otras aberraciones violatorias de todos los principios del derecho que sustentan el edificio de la civilización occidental -irretroactividad de la ley penal, juez natural, legalidad, principio de inocencia, etc.- esos límites han sido superados exageradamente. Para poner números concretos, hay que decir que el 76% no tiene condena firme, y el promedio de extensión de sus prisiones preventivas llega a los 6 años, aunque en algunos casos alcanzan a los 15; peor aún, 287 detenidos en esas circunstancias ni siquiera han llegado a juicio, o sea, nunca han sido declarados culpables de los crímenes que se le imputan.
Tengo esperanzas en que la reciente renuncia de la Procuradora General de la Nación, la inefable Alejandra ¡Giles! Carbó, que tendrá efecto a partir del 31 de diciembre próximo, y la reforma de la ley del Ministerio Público, en tratamiento hoy en el Congreso, permita el rápido desplazamiento de los innumerables impresentables disfrazados de fiscales con los que colonizó los tribunales, con la obvia complicidad de esos otros canallas, los jueces -verdaderos asesinos togados- que llevaron adelante los juicios de la venganza.  
¡Teléfono para Germán Garavano, Ministro de Justicia, y para Claudio Avruj, Secretario de Derechos Humanos! No se puede ser acomplejado ni timorato, en especial cuando enfrente están los mismos que pretenden destituir al Gobierno y convocan a organizar comandos de resistencia sin que a nadie se le mueva un pelo.
Bs.As., 11 Nov 17
(*) De "Yira, yira", tango de Enrique Santos Discépolo
(**) Enrique Guillermo Avogadro. Abogado
E.mail: ega1@avogadro.com.ar
E.mail: ega1avogadro@gmail.com
Site: www.avogadro.com.ar
Fuente: Comunicación personal del autor

¿Reconciliarnos o asumir nuestro pasado?

Por Luis Alberto Romero (*)

Quizá para comenzar a superar la tragedia argentina, más que reconciliarnos, necesitamos comprendernos unos a otros desde la historia.
En julio de 1792, con la Francia revolucionaria invadida y las facciones de la Asamblea embarcadas en una guerra a muerte, el obispo Lamourette propuso que los diputados interrumpieran sus disputas, se abrazaran y besaran. Todos lo hicieron, conmovidos. En seguida retomaron con entusiasmo sus querellas y el propio Lamourette fue guillotinado dos años después.
Recuerdo el episodio, popularizado por Robert Darnton, con motivo de las diversas iniciativas en favor de la reconciliación, que reaparecen cuando, a uno y otro lado de la brecha, arrecian las pasiones. Para algunos, como los hombre de la Iglesia, reconciliarse consiste en el perdón recíproco; un abrazo entre víctimas y victimarios -cada uno elegirá dónde se ubica- que remplace el odio por el amor.
Presumo que, como en el caso de Lamourette, estas buenas intenciones tendrán pocos resultados. A los parientes y amigos de las víctimas caídas a uno y otro lado de la batalla se les pide demasiado: renunciar a una de las pocas cosas que les permite elaborar su dolor.
Pero sobre todo, no basta. Parientes, amigos y conocidos de todas las víctimas, para quienes ese perdón podría ser significativo, son un número reducido en relación con los 45 millones de argentinos. Entre el resto están los que no se involucraron en la tragedia, o eran demasiado pequeños, o simplemente nacieron después.
Quienes hoy se alinean a uno y otro lado de la brecha lo hacen por relatos recibidos, interpretados según sus propios valores, expectativas y necesidades. Sus propios relatos están amasados con ideas políticas, sentimientos y, sobre todo, muchos mitos. El perdón entre algunos no cambiará sus posiciones.
La reconciliación que el país necesita es de otro tipo, menos emotiva y más racional. No pasa por el perdón y el abrazo sino por asumir el pasado y aceptarlo bajo la forma de una tragedia colectiva. Los historiadores conocemos una forma, un camino: historizar el pasado reciente. Inyectar historia en el mundo de los mitos y los sentimientos.
Para comenzar, hay que hacer algo muy simple: despejar los hechos sólidos de la maleza de fantasías que los oculta o deforma. La discusión sobre los "30.000 desaparecidos" se aplica a muchos otros casos. Pero el punto central es la comprensión. Antes que juzgar a los actores de la tragedia, como Dios en el Juicio Final, hay que entender las razones de cada uno, "los motivos del lobo", que -en palabras de Rubén Darío- pudo comprender "el mínimo y dulce Francisco de Asís".
En su caso, bastaba con tener "corazón de lis, alma de querube, lengua celestial". En nuestro caso, más terrenal, se trata de tener sensibilidad histórica. Se trata de entender cómo algunos llegaron a tener conductas que hoy nos parecen inaceptables o aberrantes. Pero también hay que entender por qué otros los apoyaron, los miraron con simpatía o con empatía. Y también a quienes contemplaron con naturalidad el transcurrir de la carnicería e incluso lo ignoraron todo. En suma, debemos tratar de entender a todos los que vivimos en esos años, y también a todos los que, más tarde, formaron sus juicios a partir de nuestros relatos.
Gustavo Noriega contrastó el enorme esfuerzo de comprensión que se ha desarrollado en torno de las organizaciones armadas, y la escasa preocupación por hacer el mismo esfuerzo con quienes las enfrentaron.
En el primer caso, hay una versión que ya es canónica, formulable casi como un silogismo. La premisa mayor es el contexto revolucionario mundial: Vietnam, el Mayo francés, el Concilio, la "opción por los pobres" y la adhesión a la utopía de un mundo mejor. La premisa menor se refiere a los medios: fracasados el reformismo y la democracia, ante una abrumadora "violencia de arriba", la única alternativa era otra violencia, de abajo y liberadora, iluminada por el ejemplo de Cuba.
La consecuencia del silogismo era legitimar la violencia asesina, con la que se podía construir un mundo mejor. ¿Que otra cosa podría hacer un hombre de buena voluntad? ¿Que otra cosa podían pensar quienes los miraban con simpatía, o con empatía, aun cuando deploraran los excesos, o incluso los medios?
Curiosamente este mismo razonamiento resulta valido, mutatis mutandis, para los militares de la época. En el mundo en que se formaron y educaron, las Fuerzas Armadas eran el custodio último de la Nación, por encima de sus frágiles instituciones. En ese mismo mundo, conquistado desde los años 30 por una Iglesia Católica preconciliar, integralista y militante, la Espada, unida a la Cruz, debía combatir a todo lo ajeno a "nuestra cultura occidental y cristiana", desde el liberalismo hasta el comunismo.
Esa era la premisa mayor. La menor era instrumental: en el mundo de la Guerra Fría y de las "fronteras interiores", el enemigo era un "subversivo apátrida" librando una guerra irregular, que debía combatirse de manera no convencional. De los militares franceses aprendieron las técnicas de la contrainsurgencia, que muchos perfeccionaron en Panamá, instruidos por sus pares estadounidenses.
De algo de esto fui testigo accidental, como soldado conscripto en la Escuela Superior de Guerra en 1965. En el mucho tiempo libre, por distraerme, leí los materiales con que se instruía a los alumnos, que eran capitanes, y los libros suministrados por la Misión Militar Francesa. Conocí a varios profesores, que eran entonces teniente coroneles y once años después figuraron en la cúpula militar que planeó y ejecutó el terrorismo clandestino.
Me costó entender que seres personalmente agradables y humanos pudieran recurrir a la tortura y desaparición forzada, o simpatizar con quienes lo practicaban, o mirarlo con naturalidad. Luego, uniendo recuerdos, empecé a comprenderlo.
Entre unos y otros hay muchas diferencias, pero la naturalización del asesinato los iguala en algo. La homología de las circunstancias debería ayudarnos a entender lo que pasó en los años negros, y a comprender que fue una tragedia compartida, en la que todos, de alguna manera, fuimos los actores y las víctimas.
También nos ayudaría a enmendar unas cuantas cosas muy mal hechas durante la democracia, cuando nos fuimos apartando de los propósitos de justicia, memoria y verdad. La verdad se funda en hechos y no en mitos. La justicia debe ser igual para todos.

Todas las víctimas deben ser recordadas sin distinciones, con el mismo grave pesar. Una mayor comprensión histórica nos ayudaría enmendar lo que está mal hecho, y a asumir nuestro pasado. Quizás así podremos encarar, con serenidad, la construcción del futuro.
(*) Luis Alberto Romero - Historiador. Integra el Consejo de Administración de la Universidad San Andrés. Artículo publicado por "Los Andes" el 12 de Noviembre de 2017

Con los bolcheviques comenzó el genocidio más grande de toda la historia

Por Ariel Peña González (*)

“En la llamada Revolución rusa fueron asesinados alrededor de 7 millones de personas. Posteriormente, bajo el régimen de Stalin, en las purgas se cuentan 30 millones”
De acuerdo con nuestro calendario gregoriano, exactamente el 7 de noviembre de 1917 fue el asalto al palacio del invierno en Petrogrado por parte de la banda bolchevique dirigida por Lenin. Así comenzó el genocidio más grande para la humanidad del que se tenga noticia, que según El libro negro del comunismo (1997) es de 100 millones de asesinatos, aunque otros analistas mencionan cifras cercanas  a 150 millones de víctimas. Todo esa calamidad ha ocurrido en estos 100 años, convirtiendo al marxismo-leninismo en la peor organización criminal  de todos los tiempos, cuyas élites nunca han pedido perdón y por el contrario se ufanan, lo que demuestra el carácter bestial de esa secta.
No está por demás recordar que en la llamada Revolución rusa fueron asesinados alrededor de 7 millones de personas. Posteriormente, bajo el régimen de Stalin, en las purgas se cuentan 30 millones de muertos, a lo que hay que agregar los de la catástrofe de China en la colectivización y a los de la revolución cultural bajo la férula de Mao Zedong.
No hay que olvidar al marxista Pol Pot, que en Camboya mató a 3 millones. De igual manera, cabe señalar a Kim Il Sung, abuelo del actual mandatario norcoreano, quien fue responsable de la muerte de otros 3 millones; Ho Chi Minh, asesino de 2 millones en Vietnam y a Fidel Castro, responsable de miles de asesinatos en Cuba, quien además patrocinó máquinas de la muerte en 13 países latinoamericanos con 26 grupos guerrilleros en la década de los sesenta, recibiendo ordenes del gobierno soviético.
Además, Colombia tiene su dosis del genocidio comunista de parte de las guerrillas, quienes siguiendo los dogmas marxistas generaron el conflicto armado para la toma del poder. Lo anterior, siguiendo las instrucciones del mandatario soviético Nikita Kruschev, quien en enero de 1961 dijo que su país respaldaría a los movimientos de liberación en cualquier parte de la tierra y para eso tenía en Latinoamérica a Fidel Castro. No hay que hilar muy delgado para saber que la responsabilidad de todas las víctimas que han habido en Colombia por el conflicto político-militar de las ultimas 6 décadas recae en el marxismo-leninismo, con sus bandas armadas Farc y Eln, una desmovilizada y otra en negociación con el gobierno. Igualmente, a ellas se agrega el M-19 que entró en la legalidad en 1990, el Epl y otras de menor importancia.
Por otro lado, los bolcheviques, como cualquier mafia que se respete, después de asaltar el poder comenzaron a urdir sus vendettas entre los principales miembros de la cúpula. Sin embargo, primero buscaron legitimar su gobierno y para ello convocaron a una Asamblea Constituyente el 26 de noviembre de 1917, pero los resultados les fueron adversos, quedando de la siguiente forma: social-revolucionarios con 20,9 millones de votos (58%), bolcheviques 9,0 millones de votos (25%), liberales 4,6 millones de votos(13%) y mencheviques 1,7 millones de votos (4%).
Reunida la Asamblea el 31 de enero de 1918 fue disuelta al día siguiente por el gobierno bolchevique, lo que en buen romance significa que las elecciones solo les sirven a los comunistas si las ganan o si no, pueden hacer fraude como se dice que ocurre en la hermana república de Venezuela. Retomando, los bolcheviques en marzo de 1918 trasladaron la sede del gobierno a Moscú y como estrategia definitiva firmaron con Alemania el tratado de Brest-Litovsk, cuya jugarreta les permitió consolidar el golpe en contra el pueblo ruso.
La vendetta entre bolcheviques comienza a materializarse en 1923 por la enfermedad de Lenin, quien por los ataques de apoplejía no estaba en condiciones de participar en los asuntos de gobierno y del partido, formándose un triunvirato en el seno del Politburó. Este triunvirato lo integraban  Stalin, Zinóviev y Kaménen, quienes se habían confabulado para impedir que Trotsky se hiciera dueño del poder, el cual no asistió a los funerales de Lenin en 1924, ya que se encontraba en el Cáucaso y Stalin le había comunicado una fecha falsa.
Stalin en el enfrentamiento con Trotsky logra que este presente su dimisión como comisario de guerra, después de un tumultuoso debate en el congreso del partido. Luego, en 1926 se excluye a Trotski del Politburó, siendo expulsado del partido en 1927 y desterrado a Alma- Ata(Kazajistán). Más adelante, en enero de 1929 es proscrito de la Unión Soviética, Trotsky se va a Turquía, en 1933 llega a Francia y es expulsado en 1935 y  debe radicarse dos años en Noruega para luego ir a México en donde continuó escribiendo y organizando su lV internacional obrera bajo la hospitalidad del pintor Diego Rivera.
Un sicario catalán seguidor de Stalin y miembro NKVD, llamado Ramón Mercader, el 20 de agosto de 1940 mató a Trotski con una hacha. El asesino fue condenado a 20 años de prisión en México, los que cumplió en 1960. Sin embargo, fue declarado héroe de la Unión Soviética, resultó protegido por el sátrapa de Fidel Castro y murió en La Habana en 1978. Todo esto demuestra el talante criminal comunista.

También dentro de la vendetta marxista de los bolcheviques, Stalin se deshizo de sus dos compinches Zinóviev y Kámevev y los ejecutó en 1936, patentizándose indudablemente que el marxismo-leninismo es una escuela del crimen en donde lo importante es el poder sin interesar el sufrimiento de los pueblos. Entonces a 100 años del golpe bolchevique en Rusia, se ha demostrado sin lugar a dudas que el comunismo totalitario es enemigo de la humanidad, cuyo juicio histórico hay que hacerlo sin ambages para que sea repudiado como ocurre con  el nazismo, el fascismo y el apartheid. En Colombia hay que permanecer con los ojos abiertos frente a las conspiraciones del comunismo totalitario con sus diferentes máscaras.
(*) Ariel Peña González. Artículo publicado en "Las 2 orillas" el 8 de Noviembre de 2017

100 años de comunismo = 100 millones de muertos

Por Javier Fernández-Lasquetty (*)
El comunismo le ha costado a la humanidad 100 millones de muertos, como recopilaron concienzudamente Stéphane Courtois y un equipo de historiadores en ese libro imprescindible que es El libro negro del comunismo, que la izquierda se ha cuidado de convertir hoy en imposible de encontrar incluso en Amazon.
El comunismo fue una ideología dedicada al crimen desde el primer minuto de su existencia, como han recordado en días recientes autores tan relevantes como Richard Pipes o Stanley Payne, y que ya muy pronto fue denunciado por quienes —como describe Ayn Rand en Los que vivimos— vivieron en carne propia lo que significaba la dictadura del proletariado.
En estos días se cumplen 100 años de la revolución bolchevique, y abundarán los balances y valoraciones. Verán ustedes como habrá unas cuantas, desde la izquierda autodenominada “progresista”, que condenarán los crímenes de Stalin, tal vez incluso los de Lenin… pero salvarán al comunismo, alegando que era un ideal digno de encomio.
No es así. No es que Stalin, Lenin o Mao falsearan o desviaran el ideal comunista. No se puede condenar a estos megacriminales sin condenar al comunismo en sí, como idea y como concepción del poder. El problema no fue que los líderes soviéticos se equivocaran o exageraran en su aplicación del dogma comunista. El problema fue que hicieron exactamente lo que el comunismo es en sí mismo.
El comunismo es en sí mismo una idea criminal, que elimina de raíz la libertad humana, sometiendo minuciosamente la vida de cada persona a los designios y las decisiones de otros. Por eso toda expresión de individualismo o de libertad de pensamiento y de expresión fueron cuidadosamente prohibidos, como George Orwell ilustra en 1984.
El comunismo es criminal porque aniquila la igualdad de los seres humanos, estableciendo quiénes tienen derecho a vivir y quiénes no. Por eso a Mao, a Stalin, o a Lenin, les tuvo sin cuidado que millones de personas murieran de hambre, como describe magistralmente Martin Amis en Koba el Temible.
El comunismo es criminal porque es en su esencia opuesto a la condición humana y a la propia dignidad, a la que reduce a una despreciable insignificancia que no merece mayor atención. Vasili Grossman, que lo conoció bien y en días de guerra, lo describe perfectamente en todos sus libros, y especialmente en el estremecedor Todo fluye.
Por eso en estos 100 años la ideología comunista ha sido culpable de la muerte de 100 millones de personas. El régimen maoísta en China se llevó por delante a más de 60 millones de seres humanos, entre asesinatos, saltos hacia adelante, revoluciones culturales, y hambrunas deliberadamente provocadas. Otros 20 millones cayeron en la Unión Soviética, muchos en el gulag y en las purgas, pero otros muchos —ucranianos, especialmente— en sus casas, hambrientos, requisado por el soviet todo lo que pudiera ser comido. Sin duda el comunismo es la ideología política que ha causado mayor dolor a la humanidad por un período de tiempo más largo, que ni siquiera ha terminado aún.
Por eso es necesario recordar el centenario de la revolución bolchevique, como ha hecho en estos días la Universidad Francisco Marroquín, o como va a hacer Victims of Communism, una fundación que cada vez programa actividades más interesantes. Escuchar el testimonio de las víctimas directas del comunismo, como Armando Valladares en Cuba, o Natan Sharansky en la URSS, ayuda a no olvidar de lo que es capaz el comunismo cuando llega al poder.
El comunismo demostró una capacidad innegable de extender la agitación a través del mundo y a lo largo del tiempo. Mucho sufrieron Europa y Asia, pero también Latinoamérica y África. Aún hoy hay tres estados —Cuba, Corea del Norte y Venezuela— que ponen en jaque la libertad y la tranquilidad de continentes enteros. Movimientos recientes como Podemos son una forma renacida de comunismo, que disfraza su leninismo entre círculos y coletas.
La única forma de vencer al comunismo es la que aplicaron Reagan, Thatcher y, a su manera, el Papa Juan Pablo II: negando de raíz que esa doctrina tuviera nada de idealista, ni parte positiva alguna. No puede tenerla quien en 100 años de poder omnímodo no ha traído otra cosa que tiranía, empobrecimiento y muerte.
Este artículo fue publicado originalmente en Libertad Digital (España) el 6 de noviembre de 2017 y en Cato Institute.
(*) Javier Fernández-Lasquetty. Vicerrector de la Universidad Francisco Marroquín. Artículo publicado por la Fundación Atlas el 15 de Noviembre de 2017

Libertad al pueblo de Cuba

Por Karina Martín (*)
El pasado fin de semana usuarios en las redes sociales viralizaron un video en el que se evidencia una vez más cómo se violan los derechos humanos en Cuba.
El material audiovisual publicado en Facebook, muestra como un cubano es víctima de la represión del Gobierno de Raúl Castro, tan solo por pedir la libertad para su país.
El régimen dictatorial de Raúl Castro emprendió al menos 253 detenciones arbitrarias en el mes de septiembre.
(*) Karina Martín columnista de Panam Post. Artículo publicado el 14 de Noviembre de 2017

viernes, 10 de noviembre de 2017

Premios a la Libertad 2017

Por Fundación Atlas (*)
En el contexto del Foro para la Libertad 2017 fueron entregados por parte de Guillermo Yeatts, presidente honorario de la Fundación Atlas, los Premios a la Libertad del corriente año. Los elegidos fueron:

       ·         Pablo Benítez Jaccod, joven presidente de la Fundación Progreso y Libertad de Neuquén, columnista de Cato Institute y de Fundación Atlas. Licenciado en Relaciones Internacionales.
       ·         Nubis Bruno, fundador de Bitex, difusor del Bitcoin, cuyo video en el marco de AtlasTV llegó -hasta el momento- a las 146.000 visualizaciones.
       ·         Cristian Centurión, joven de 22 años, oriundo de Entre Ríos, y promotor de nuestras ideas en el marco de Estudiantes por la Libertad.

       ·         Yanina Pantiga, abogada, 26 años, de Campana, Prov. de BA, y destacada participante del Programa de Jóvenes Investigadores 2017 de nuestra organización.
   (*) Fundación AtlasLa misión de la Fundación Atlas para una Sociedad Libre es liderar el cambio hacia una sociedad abierta basada en la defensa de la libertad individual, la existencia de límites institucionales a la acción del gobierno, la economía de mercado, la propiedad privada, la libre empresa y el estado de derecho.
Fue fundada el 9 de noviembre de 1998 por Guillermo M. Yeatts y José Esteves. Su Consejo de Administración se encuentra integrado, además de por Guillermo Yeatts y José Esteves, por (orden alfabético) Julio César Crivelli, Eduardo Marty, Eduardo Maschwitz, Alberto Nocetti, Diego Peralta Ramos. Asimismo, Andrea Rich preside el Consejo Consultivo de la Fundación. Martín Simonetta es su Director Ejecutivo.

El origen de las mayores trifulcas

Por Alberto Benegas Lynch (h)

En realidad las disputas humanas comenzaron con la aparición del hombre sobre la faz de la Tierra, seguramente con Adán y Eva que se echaron recíprocamente la culpa o con Caín y Abel, pero en lo que se refiere a las relaciones entre distintos pueblos, el nacionalismo juega un rol preponderante. Con razón ha dicho Mario Vargas Llosa que “el nacionalismo nos ha llenado de guerras” y Albert Camus ha escrito que “amo demasiado a mi país como para ser nacionalista”.
El nacionalista es un ser acomplejado que debido a su vacío existencial se asimila al esperpento del “ser nacional” y otras sandeces por las que siempre considera que lo de su país es un valor y lo del extranjero un desvalor. En realidad, la única razón por la cual el globo terráqueo está dividido en países es para evitar los abusos de un gobierno universal. La subdivisión a su vez en provincias y municipios es para fraccionar aun más el poder. Indudablemente el mundo está complicado pero hay que mirar el contrafáctico e imaginarnos como sería si cualquiera de nuestros políticos tuviera poder sobre todo el planeta. No hay que tomarse las fronteras en serio como si fuera atractivo construir cercas impenetrables para evitar la competencia de bienes de una mayor calidad y un precio más bajo, incluyendo en primer término libros, obras de arte y músicas de diverso tenor y origen.
Por ejemplo, uno de los blancos preferidos de la gestapo en las aduanas son las obras de arte sin percatarse, entre otras cosas, que con ese criterio tribal no existirían museos cosmopolitas con lo que se privaría a aquellos que no pueden viajar del disfrute correspondiente.
Una cosa es el afecto por el lugar donde nacimos y donde nacieron nuestros ancestros y otra bien distinta es batallar contra lo extranjero. Hay cristianos  que en misa cantan lo de “toma mi mano hermano” pero pierden la paciencia y se exaltan hasta la obnubilación cuando se trata de abrir fronteras y alimentar la cultura al contrastar con otros orígenes, para no decir nada cuando hay un conflicto de cómo trazar un mapa.
Incluso en el comercio internacional pacífico y voluntario se recurre a terminología militar al decir que tal o cual producto “nos invade” como se si se tratara de un ejército de ocupación en lugar de simplemente una mercancía más barata y mejor que la gente prefiere pero hay que bloquear.
Las trifulcas entre los humanos son muy variadas y responden a distintas causas pero, según Bertrand de Jouvenel las trifulcas gordas y generalizadas comenzaron con la contrarrevolución francesa. Allí se comenzó a extrapolar la divinización de la monarquía a la divinización de la idea de nación. Allí se dio origen a la idea de servicio militar como parte del “ejército en armas de la nación”. Allí se comenzaron a destruir los derechos de las personas bajo el paraguas de “la soberanía nacional” en lugar de comprender que la soberanía reside en el individuo y que el aparato estatal es su empleado solamente para que proteja sus derechos.
Entre muchos otros autores de peso,  de Jouvenel marca la diferencia radical con  la revolución norteamericana en la cual se puso de relieve la antedicha jerarquía de los derechos individuales y que “el mejor gobierno es el que menos gobierna”. En realidad esa era la idea de unos pocos al redactar la Declaración de los Derechos del Hombre en el inicio de la revolución francesa. Mercier de la Riviere, Pierre du Pont de Nemours y, sobre todo, Emmanuel-Joseph Siéyes, resaltaron los derechos de propiedad y la noción de la igualdad ante la ley.
Más aun, la redacción original de Siéyes rezaba así: “Aunque los hombres no sean todos iguales en los medios que poseen, es decir, por sus riquezas, por su inteligencia, por su vigor etc. no hay nada que los fuerce a no ser tampoco iguales en derechos. Ante la ley, un hombre vale tanto como otro; la ley protege a todos sin distinción”. Como es sabido el artículo finalmente quedó redactado de la siguiente manera telegráfica en la primera parte de su primer artículo: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos” (y el artículo 17 se refiere a la propiedad como “derecho inviolable y sagrado”). Todo eso quedó arrasado en la práctica de la contrarrevolución y se endiosó a la nación, en algunos casos con poderes aun mayores que los de la monarquía.
También antes he escrito en una revista académica chilena (Estudios Públicos) sobre algunos criterios trasnochados del nacionalismo que en parte reproduzco aquí. Los partidarios del nacionalismo hacen aparecer a la nación como algo natural cuando en verdad constituyen inventos impuestos por la fuerza. Probablemente nada haya más antinatural que la delimitación de las fronteras, las que son el resultado de acuerdos entre partes beligerantes, luchas y conquistas, cuando no directamente de la rapiña o de movimientos geológicos. Sin embargo, los nacionalistas afirman que las naciones tienen un lenguaje, una etnia, una historia y una religión común, lo cual, siempre según este criterio, haría que la formación de naciones sea producto de un “devenir natural”.
Canadá o Suiza, por ejemplo, son naciones en las que sus habitantes no comparten un idioma común. En América Latina se comparte el mismo idioma y sin embargo constituyen varias naciones. El lenguaje es fruto de un proceso de evolución espontánea. Los idiomas más difundidos no fueron diseñados ni inventados por nadie (casos como el esperanto han resultado un fiasco para la buena comunicación). El lenguaje resulta esencial para pensar y para trasmitir pensamientos y los diversos idiomas y dialectos provienen de troncos comunes que son también fruto de las más variadas combinaciones. Los diccionarios son libros de historia que se modifican por neologismos y usos que responden a los requerimientos de millones de personas que, al interrelacionarse, van forjando formas de comunicación que consideran útiles.
La raza es por cierto una idea bastante resbaladiza. Igual que el idioma procede de troncos comunes y las combinaciones y mezclas son muchas. Dobzhansky, el padre de la genética moderna, sostiene con Darwin que cada clasificador tiene su propia clasificación de raza. Sostiene que las razas son estereotipos, son abstracciones difíciles de concretar. Se ha confundido también la idea de raza con el lenguaje. Este es el caso de los que señalan la raza aria como el paradigma de la pureza, sin percibir que fue Max Müller quien originalmente sugirió la expresión “ario” para designar a lo que era primitivamente el sánscrito en la India utilizado por un pueblo cuyos habitantes se conocían con el nombre de aryos. Müller señala que “En mí opinión un etnólogo que hable de raza aria, sangre aria, ojos arios se hace tan culpable de un pecado tan grande como el que cometería un lingüista que hablara de un diccionario dolicocéfalo o de una gramática braquicéfala”. Este término “ario” para designar esa lengua fue el que sustituyó a las llamadas indo-europeas que más adelante se denominaron indo-germánicas resultado del entronque del sánscrito con el griego, el latín, el celta, el alemán, el inglés y las lenguas eslavas.
Otras veces se pretende basar el análisis racial en la sangre. Así se habla de la “comunidad de sangre”. Pero, como es sabido, la sangre está formada por glóbulos que se encuentran en un líquido llamado “plasma”. Estos glóbulos son blancos (leucocitos) y rojos (hematíes) y el plasma es un suero que se compone de agua salada y sustancias albuminosas disueltas. La combinación de una sustancia que contiene los glóbulos rojos (aglutinógeno) con otra que contiene el suero (aglutinina) da como resultado cuatro grupos sanguíneos. Estos cuatro grupos sanguíneos se encuentran distribuidos entre las más diversas personas.
Se ha sostenido que la raza puede definirse por el color de la piel. Pero como esto es básicamente el resultado de un proceso evolutivo en gran medida ligado a factores climáticos, descendientes de un blanco que estén ubicados durante un período suficientemente prolongado en un lugar propicio tendrán una dosis distinta de melanina en la epidermis y, por ende, se convertirán en negros. Blanco, negro y amarillo son el resultado de la pigmentación de la piel.
También se ha confundido raza con religión, especialmente en el caso de los judíos. Como se ha dicho, es tan difícil la definición de la raza semita que en los campos de concentración nazis se tatuaba y rapaba a las víctimas para distinguirlas de sus victimarios. Por eso es que Hitler finalmente repetía que “la raza es una cuestión mental”. He aquí la clave del asunto: el polilogismo racista, calcado del polilogismo clasista de Marx.
El argumento de la historia común constituye una especie de petición de principio: si las naciones se constituyen por medio de la fuerza y además se establecen trabas migratorias de diversa naturaleza, es lógico que aparezca una tendencia a la historia común.
Ya antes hemos puesto de manifiesto la barrabasada de la llamada “protección a la industria incipiente”. En primer lugar, no es protección sino desprotección de los consumidores puesto que los aranceles significan mayor erogación por unidad de producto por lo que los productos se reducen, con lo que también lo hace el nivel de vida.
En todo caso se trata de proteger a pseudoempresarios que viven a expensas de la gente en alianza con el poder político al efecto de contar con un mercado cautivo. Si el proyecto en cuestión arroja pérdidas durante los primeros períodos y se conjetura que las ganancias futuras más que compensará aquellos quebrantos, si esto es así (si las pérdidas se mantuvieran no vale la pena seguir conversando sobre el asunto), entonces es el empresario quien debe financiar las diferencias iniciales y no pretender endosar el costo sobre los consumidores a través del arancel. Si el  empresario no contara con los recursos suficientes deberá conseguirlos en el mercado local o internacional y si nadie aceptara la propuesta quiere decir que el proyecto está mal evaluado, o estando bien evaluado hay otro proyectos que se estima tienen prioridad y como todo no puede hacerse al mismo tiempo el emprendimiento deberá dejarse de lado.
Hoy en día desafortunadamente ha resurgido el nacionalismo, en Europa a través del caudal electoral esa línea de pensamiento ha exhibido resultados llamativos: nada menos que en Alemania acaba de ganar 88 escaños en el Parlamento el Partido Alternativa para Alemania, en Francia el Frente Nacional, en Inglaterra la versión derechista del Brexit, en Dinamarca el Partido del Pueblo Danés, en Suecia los Demócratas Suecos, en España Podemos, en Austria el Partido de la Libertad, en Grecia el Amanecer Dorado, en Italia la Liga del Norte, en Hungría el Movimiento por una Hungría Mejor y, en Estados Unidos, ahora aparece Donald Trump con su “proteccionismo”. Todas aquellas propuestas trogloditas apuntan a implantar una especie de cultura alambrada, es decir, la palmaria demostración de la anticultura. Para no decir nada de los peronismos en Argentina y los también populistas de Venezuela, Nicaragua, Bolivia y los sistemas ya abiertamente criminales de Cuba y Corea del Norte.

Este es el origen de las mayores trifulcas, el nacionalismo, porque como escribió Frédéric Bastiat “si las mercancías no cruzan las fronteras, las cruzarán los ejércitos”.
(*) Alberto Benegas Lynch. Economista. Artículo publicado por Punto de vista económico el 10 de Noviembre de 2017